En los lenguajes, los elementos que los componen (digamos símbolos,
agrupando en este concepto cualquier elemento lingüístico, morfema,
palabra, oración, párrafo, discurso…) mantienen una relación de
representación con una idea y/o con algún componente de la “realidad”.
Esta relación también se denomina significación y es la que se establece
entre significante y significado.
Así, “árbol” significa tanto
el concepto de lo que un “árbol” es como cualquier instancia individual
en la realidad como otros símbolos de “árbol”.
Esa relación
funcional es usada por los hablantes de muchas formas dependiendo de la
situación contextual, pero en general viene a resultar en poner en
relación ideas entre si o con significados en la realidad. Si digo: “El
árbol de la cima se ha quemado”, transmito a mi oyente que un
determinado ser o parte de la realidad pertenece a determinada clase
mental (“ideal”), esto es, la de los seres en los que se ha producido un
proceso de combustión.
El lenguaje transmite (contiene) ideas.
Las ideas están emparentadas con la realidad (en una relación que se
escapa del objetivo del presente escrito).
El lenguaje, en su
uso, como sistema de representación de ideas las conforma y configura.
El lenguaje condiciona y determina el pensamiento. Los signos
lingüísticos son símbolos de ideas (igual dibujos que palabras que
signos lógicos o cualquier otro).
En el momento de la
abstracción, la analogía de distintas percepciones se transforma en una
propiedad, una característica en forma de idea (mental) a la que las
percepciones se adhieren o no.
Las ideas son símbolos, elementos
lingüísticos con capacidad de significación que organizan la experiencia
con categorías y relaciones, interpretándola y dándole sentido.
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